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Declaraciones
Declaración del Gobierno de Cuba, La
Habana, 19 de septiembre del 2001. "NO TODO ESTÁ PERDIDO TODAVÍA"
Bajo el efecto de la conmoción ocasionada en el mundo por la triste y
brutal noticia del atentado terrorista de que fue víctima el pueblo
norteamericano el 11 de septiembre, acompañada de horribles imágenes de
sufrimiento y dolor, mentes que se dejan arrastrar por sentimientos de
odio y soberbia se han dado a la siniestra tarea de resucitar viejos
métodos y doctrinas que están en la raíz misma del terrorismo y las
gravísimas tensiones que se han creado hoy en el mundo.
En momentos en que lo único aconsejable es la búsqueda serena y valiente
de soluciones definitivas al terrorismo y otras tragedias por consenso
universal, se escuchan frases descarnadas, pronunciadas con ira y espíritu
de venganza por dirigentes y políticos influyentes de Estados Unidos, no
escuchadas desde los tiempos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.
Cualquier persona honesta tendría derecho a preguntarse si lo que se busca
es realmente justicia, o utilizar la dolorosa e insólita tragedia para
imponer métodos, prerrogativas y privilegios que conducirían a la tiranía
del Estado más poderoso del mundo, sin límite ni restricción alguna, sobre
todos los pueblos de la Tierra.
Se proclama abiertamente por algunos importantes funcionarios levantar
toda restricción al derecho de asesinar a cualquier persona por parte de
instituciones y funcionarios de Estados Unidos, incluida la utilización de
criminales y delincuentes de la peor calaña para ello.
Tal prerrogativa fue utilizada por gobernantes de Estados Unidos para
eliminar a líderes patrióticos como Patricio Lumumba en el año 1961,
organizar golpes de estado y genocidios que han costado cientos de miles
de vidas y millones de personas torturadas, desaparecidas o eliminadas de
cualquier forma. Cuba ha denunciado cientos de planes de atentados contra
sus dirigentes y no se ha cansado de reclamar castigo para los
responsables y autores de incontables actos de terrorismo que han costado
un elevado número de víctimas a nuestro pueblo. El propio Senado de
Estados Unidos investigó y denunció varios de estos hechos contra Cuba en
los que se emplearon artefactos variados que no excluían ninguna forma
grosera y repugnante de matar. Toda una ciencia se desarrolló en torno a
tales propósitos.
El mundo no ha dado su apoyo unánime, ni expresado sus más sinceras
condolencias al noble pueblo norteamericano para que sobre estos
sentimientos se elaboren doctrinas que sembrarían de caos y hechos
sangrientos el planeta. Tan grave como el terrorismo, y una de sus formas
más execrables, es que un Estado proclame el derecho de matar a discreción
en cualquier rincón del mundo sin normas legales, juicios y ni siquiera
pruebas. Tal política constituiría un hecho bárbaro e incivilizado, que
echaría por tierra todas las normas y bases legales sobre las que pueda
construirse la paz y la convivencia entre las naciones.
En medio del pánico y la confusión originados por la situación creada, los
dirigentes políticos de los diferentes estados, a pesar de la extrema
gravedad que significaría la introducción de estos procedimientos en la
política internacional, salvo excepciones, no han pronunciado una sola
palabra sobre el surgimiento de la tendencia fascista y terrorista que
implican tales pronunciamientos.
Uno de los primeros frutos han sido cientos de actos de xenofobia y terror
contra personas de nacionalidad y religión diferentes. El pueblo
norteamericano no sería jamás partidario del método brutal de asesinar
fríamente a otras personas, violar leyes, castigar sin pruebas y negar
principios de elemental equidad y justicia para combatir el terrorismo,
por repugnante e inescrupuloso que éste sea. Son métodos que conducirían
el planeta a la ley de la selva; mancharían a Estados Unidos, destruirían
su prestigio y alentarían los odios que hoy son causantes de tanto dolor y
tristeza. ¡El pueblo norteamericano quiere justicia; no venganza!
Cuba expresó desde el primer instante que ningún problema del mundo actual
podría resolverse por la fuerza; que frente al terrorismo hacía falta
formar una conciencia y unión universal capaz de erradicar y poner fin a
este y otros conflictos y tragedias que ponen en riesgo hasta la
supervivencia de la especie.
Aunque los tambores de la guerra truenan con inusitada fuerza, que al
parecer conducen inexorablemente a un sangriento desenlace, no todo está
perdido todavía. Los ulemas de Afganistán, dirigentes religiosos de un
pueblo tradicionalmente combativo y valiente, están reunidos para adoptar
decisiones fundamentales. Han dicho que no se opondrán a la aplicación de
la justicia y a los procedimientos pertinentes, si los acusados de los
hechos que residan en su país son culpables. Han pedido simplemente
pruebas, han pedido garantías de imparcialidad y equidad en el proceso,
algo que la Organización de Naciones Unidas, con el pleno apoyo de la
comunidad internacional, puede asegurar perfectamente.
Si tales pruebas existen, como afirman categóricamente los dirigentes del
gobierno norteamericano, y no se les exige a los líderes religiosos pasar
por encima de las más profundas convicciones de su fe, que como se sabe
suelen defender hasta la muerte, se podría encontrar una alternativa a la
guerra. Ellos no sacrificarían a su pueblo inútilmente si lo que
solicitan, éticamente irrefutable, es tomado en cuenta. Se ahorrarían ríos
de sangre. Podría ser este el primer gran paso para un mundo sin
terrorismo ni crímenes impunes: una verdadera asociación mundial para la
paz y la justicia. El pueblo norteamericano emergería con enorme prestigio
y respeto. Cuba apoyaría sin vacilación una solución de este tipo. Pero no
puede perderse un minuto, queda ya muy poco tiempo. Sin este elemental,
sencillo y posible esfuerzo, la guerra sería injusta.
El Gobierno de la República de Cuba
La Habana, 19 de septiembre del 2001
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